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Diversidad y eficiencia: elementos clave de una agricultura ecológicamente intensiva

Ya se trate de fincas a pequeña escala o de grandes empresas comerciales, el diseño de sistemas agrícolas sostenibles y equitativos representa un perenne reto. El modelo agrícola más promovido en el mundo, basado en sistemas simples y homogéneos, ha fracasado notablemente en términos de sostenibilidad y equidad.

LEISA revista de agroecología • 25.1 • Abril 2009

En los casos en que no ha fallado –cuando se ha incrementado la producción agrícola total en algunos países– se ha debido a que esta producción ha sido subsidiada de una u otra forma, ya sea por la transferencia de recursos desde diferentes sectores de la sociedad o por la sobreexplotación de recursos relativamente abundantes. Tales subsidios absorben los costos de reducir la diversidad del agroecosistema, sin tener en cuenta aspectos como la contaminación ambiental, la degradación de los suelos o la pobreza rural.

Las familias de los pequeños agricultores no se han beneficiado mucho de este modelo. Los intentos por mejorar el rendimiento de la agricultura a pequeña escala se basan en sistemas simplificados, homogéneos y subsidiados que con frecuencia han fracasado debido, entre otras razones, a limitaciones de escala. La agricultura a pequeña escala, por lo tanto, abarca diversas estrategias de uso de la tierra, comercialización, integración de diferentes tipos de actividades (por ejemplo, interacciones ganadería-agricultura), intercalamiento y rotación de cultivos, o el mantenimiento de la agrobiodiversidad de la finca. El uso eficiente de recursos naturales, económicos y sociales –que va más allá del uso eficiente de algunos insumos– depende de una o varias de estas estrategias de diversificación.
Queda mucho por aprender de los sistemas de producción a pequeña escala, particularmente en cuanto al papel que desempeña la diversidad en hacerlos más productivos, confiables y eficientes (ver recuadro). Algunas de estas lecciones han sido aprendidas en Cuba, donde el sector agrícola se ha movido hacia una dirección “diferente” durante casi dos décadas. Este cambio de dirección comenzó con la repentina desaparición de los subsidios en 1990, luego de que una severa crisis energética creara las condiciones para desarrollar un nuevo modelo agrícola basado en la agrodiversidad. Este modelo emergente podría contribuir al diseño de sistemas sostenibles en el mundo.

El camino de Cuba hacia la diversidad

La crisis económica que se inició en Cuba en 1990 tuvo un gran impacto sobre la agricultura. Se propusieron varios sistemas alternativos para lidiar con las dificultades que enfrentaba la producción agrícola. Sin embargo, todos ellos tenían una característica en común: seguían un esquema de sustitución de insumos según el cual las prácticas industriales de altos insumos fueron reemplazadas por insumos orgánicos. Estos primeros intentos llevaron luego a un enfoque nuevo, basado en sistemas observados en México y otros lugares: convertir los sistemas agrícolas especializados (monocultivo), a menudo manejados centralmente, en sistemas integrados, diversificados (y a pequeña escala).

Los sistemas agrícolas integrados son en la actualidad presentados como un paso eficaz hacia la implementación de prácticas sostenibles en Cuba. Su objetivo es maximizar la diversidad de los sistemas, hacer énfasis en la conservación y el manejo de la fertilidad del suelo, optimizar el uso de energía y de los recursos locales disponibles, y además son altamente resilientes. En resumen, se basan en tres principios básicos: (a) diversificación, mediante la inclusión de especies de cultivos, árboles y animales; (b) integración, considerando el intercambio dinámico y el reciclaje de energía y nutrientes entre los diferentes componentes de cada sistema; y (c) autosuficiencia, referida a la capacidad del sistema de satisfacer sus propias necesidades sin considerables insumos externos.

Un estudio de seis años monitoreó la transición de sistemas agrícolas “convencionales” a integrados, buscando las oportunidades para mejorar la productividad, al mismo tiempo que se aumentaba la sostenibilidad y la equidad. El estudio comenzó en el Instituto de Investigaciones de Pastos y Forrajes al oeste de La Habana, donde se establecieron dos prototipos de fincas integradas de una hectárea cada una dentro de una finca ganadera de 15 hectáreas, con 25% y 50% del área total dedicada a cultivos. La investigación tuvo en cuenta diferentes indicadores para evaluar aspectos como biodiversidad, productividad, uso de energía o aspectos financieros. Como todas las mediciones mostraron resultados claros (un uso más intensivo de los recursos disponibles mediante sistemas diversificados contribuye a la autosuficiencia alimentaria y a la producción eficiente de productos comercializables), se quiso comprobar si se podían lograr resultados similares en otros lugares, en fincas bajo condiciones comerciales. Se seleccionaron entonces 93 fincas que variaban en cuanto a tamaño, proporción del área destinada a cultivos arables, y en cuanto a la etapa de “conversión” a sistemas integrados en que se encontraban. Estas fincas se encuentran en cinco provincias y son representativas de las principales zonas agroecológicas del país.

La conversión de un sistema agrícola especializado a un sistema agrícola integrado siguió tres principios: diversificación (al incluir especies de cultivos, árboles y animales), integración (por el intercambio dinámico y reciclaje de energía y nutrientes entre los componentes de los sistemas) y el logro de la autosuficiencia alimentaria.
Imagen: Fernando Funes-Monzote

Una evaluación rigurosa demostró que las fincas integradas son más productivas, más eficientes desde el punto de vista energético y muestran un mejor manejo de nutrientes que las especializadas en productos ganaderos o en determinados cultivos. Sin embargo, se encontraron muchas diferencias entre estos casos, lo que depende en su mayoría del porcentaje de área utilizada para la producción agrícola en cada finca. Las fincas con mayor proporción de tierra agrícola alcanzaron los valores más elevados de productividad en términos de rendimiento lechero por unidad de área forrajera, producción de energía y de proteínas. Las fincas con mayor proporción de tierra bajo cultivo usaron tres veces más mano de obra, pero experimentaron un menor costo energético global en la producción de proteína, mayor eficiencia en el uso de la energía y un uso más intensivo de fertilizantes orgánicos. Esto fue resultado de la inclusión de cultivos en sistemas que previamente se basaban en pastizales, lo que era una precondición para posteriores incrementos en la producción de energía.

Dedicar mayor proporción de tierras a cultivos de importancia económica resultó en valores superiores de los indicadores de agrodiversidad de la finca (tales como “diversidad de la producción” o “índice de reforestación”). Bajo las condiciones de bajos insumos y alta incertidumbre en las que estas fincas tienen que operar, esta mayor diversidad contribuye considerablemente a la reducción de los riesgos y el incremento de la productividad. Tanto los recursos internos como los externos fueron utilizados de manera más eficiente en las fincas integradas que en las especializadas, y las diversificadas fueron más eficientes en el uso de energía, disminuyendo los costos energéticos de la producción de proteínas.

Estos resultados demostraron que al comparar los diferentes sistemas, la cuestión no radica solamente en si los insumos son altos o bajos, en la especialización o la diversificación. Es igualmente importante cómo se interrelacionan y manejan, en especial por los agricultores, las características específicas de cada sistema agrícola, los insumos necesarios y su agrobiodiversidad. Por ejemplo, al decidir sobre la proporción del área de la finca que se destinará a la producción de cultivos, los agricultores tomaron en cuenta factores como la disponibilidad de tierras, la carga animal y el balance alimentario por una parte, y por otra, las características del suelo, la productividad del forraje y la disponibilidad de residuos de cosecha. Las limitaciones del mercado, los contratos de venta con el estado, así como otros factores socioeconómicos, fueron importantes al decidir el grado de conversión de sistemas especializados a sistemas diversificados. El manejo de altos niveles de agrodiversidad también requirió habilidades para el diseño y un proceso de toma de decisiones más dinámico, que condujo al empoderamiento de los campesinos y la mejor distribución de los alimentos y mano de obra durante el año, lo que contribuyó a una mayor eficiencia en el uso de los recursos disponibles.

Lecciones con relevancia global

El uso óptimo de los recursos, tanto para la producción agrícola como para la ganadera, ayuda a alcanzar la autosuficiencia alimentaria y, a la vez, productos comercializables que contribuyen a los ingresos familiares sin degradar el medio ambiente. Luego de unos pocos años, estas fincas altamente diversas, heterogéneas y complejas, ya están demostrando ser sustancialmente más productivas y eficientes que los sistemas especializados agrícolas o ganaderos. Cerca del 65% de los alimentos producidos y comercializados localmente se obtienen en la actualidad por agricultores campesinos y se cultivan en la mitad de la tierra agrícola total en uso en Cuba.

Lecciones de otros lugares
Como en muchos otros países, las políticas y programas de desarrollo en México y Kenia han promovido la simplificación de los sistemas agrícolas. No obstante, los sistemas agrícolas diversos son muy comunes y han contribuido de manera significativa al sustento de la población rural y a la producción de alimentos de estos países. Por ejemplo, en las alturas de Michoacán, México, el pueblo Purhepecha ha desarrollado esquemas diversificados agrosilvopastoriles durante miles de años. Cada unidad familiar tiene un rebaño diversificado que incluye caballos, gallinas y ganado de doble propósito. El ganado se alimenta parcialmente con residuos de cosecha y, a cambio, el estiércol se emplea en los campos cultivables para devolver los nutrientes y la materia orgánica del suelo. Por lo general, el subsistema agrícola se basa en dos campos de alrededor de 3 a 4 hectáreas cada uno, alternando períodos de barbecho. En la estación seca el ganado se alimenta del rastrojo de maíz en los campos en barbecho, y en el campo se cultivan variedades de maíz, frijoles y calabaza bajo un patrón de cultivo asociado llamado milpa.

Estos sistemas tradicionales muestran muchas ventajas cuando son evaluados, especialmente al compararlos con los sistemas “simplificados”. Requieren pocos insumos externos (en ocasiones algún fertilizante y mano de obra para tareas específicas como la cosecha del maíz). A pesar de que la producción de maíz, leche, carne y leña puede ser ligeramente inferior que en las fincas especializadas, recursos como la tierra, la mano de obra y los insumos se usan de manera más eficiente. Los ciclos de nutrientes son más eficientes, lo que permite su captura y asimilación por diferentes componentes del sistema y de formas distintas. Pero además, un sistema diverso brinda bienes comercializables y para el autoconsumo, garantizando la autosuficiencia alimentaria y la producción confiable y resiliente de ingresos monetarios a largo plazo.

Las distintas formas y escalas de diversidad asociadas a la agricultura familiar desempeñan un papel importante en preservar los medios de sustento rural. Un rápido examen de los diferentes sistemas agrícolas tradicionales muestra cómo la agrodiversidad siempre es inherente a ellos y contribuye decisivamente a su sostenibilidad. Ello garantiza un uso más eficiente de los recursos locales y reduce la dependencia de insumos externos, a la vez que conserva recursos biológicos y reduce riesgos. La agrodiversidad también es importante en la preservación del conocimiento local y en el empoderamiento de los agricultores, ya que los sistemas agrícolas diversos son intensivos en conocimiento y requieren de habilidad para tomar decisiones de manera compleja, dinámica y adaptativa. Estos sistemas deben ser analizados minuciosamente por su potencial para proporcionar servicios de relevancia global, tales como la retención de carbono y la conservación de la biodiversidad, o para preservar nuestra herencia cultural. Los sistemas agrícolas integrados deberían ser el objetivo primario de protección y subsidios.

Pero los beneficios potenciales de la agrobiodiversidad no solo se limitan a la agricultura tradicional a pequeña escala. Las lecciones aprendidas a partir de la conversión de la agricultura cubana muestran las oportunidades que ofrece la diversidad para el diseño de sistemas más sostenibles a una escala mucho mayor. La posición única del sector agrícola cubano, tanto a nivel nacional como internacional, proporciona lecciones que son muy relevantes para el resto del mundo. La inestabilidad de los precios del petróleo, el cambio climático, o el alza constante de los precios de los alimentos en los mercados internacionales, combinados con la conciencia nacional acerca de la necesidad de sustituir las importaciones de alimentos por alimentos producidos en el país, abren un amplio espectro de posibilidades para la diseminación de sistemas alternativos a escala nacional. La diversificación, la descentralización y el movimiento hacia la autosuficiencia alimentaria son la respuesta de la agricultura cubana al actual contexto local, internacional y global: el mismo contexto que amenaza a la agricultura y la seguridad alimentaria en el mundo.

Fernando Funes-Monzote, Santiago López-Ridaura y Pablo Tittonell

Fernando R. Funes Monzote
Estación de Investigación “Indio Hatuey”, Universidad de Matanzas, Central España Republicana, Perico, Matanzas, Cuba.
Correo electrónico: mgahonam@enet.cu

Santiago López Ridaura
INRA, Agrocampus Rennes, UMR 1069, Sol Agronomie Spatialisation, F-35000 Rennes, Francia.
Correo electrónico: ridaura@supagro.inra.fr

Pablo Tittonell
Centre de coopération internationale en recherche agronomique pour le développement CIRAD, Persyst, TA B 102/02, Avenue Agropolis, 34398, Montpellier cedex - 5, Francia.
Correo electrónico: ptittonell@gmail.com

Referencias
- Astier, M., E. Pérez, T. Ortiz, F. Mota, 2007. Sustentabilidad de sistemas campesinos de maíz después de cuatro años: el segundo ciclo de evaluación MESMIS. En: Astier M. y J. Hollands (eds.), 2007. Sustentabilidad y campesinado. Seis experiencias agroecológicas en Latinoamérica. Mundiprensa-GIRA-ILEIA, México D.F. Segunda edición.
- Figueroa, B.M, P. Tittonell, O. Ohiokpehai, K.E. Giller. 2008. The contribution of traditional vegetables to household food security in two communities of Vihiga and Migori Districts, Kenya. Conferencia presentada en el Simposio Internacional: Underutilized plants for food, nutrition, income and sustainable development, 3 a 7 de marzo 2008, Arusha, Tanzania.
- Funes-Monzote, F.R., M. Monzote, E.A. Lantinga, H. Van Keulen, 2008. Conversion of Specialized Dairy Farming Systems into Sustainable Mixed Farming Systems in Cuba. Environment, Development and Sustainability. DOI 10.1007/S10668-008-91427.
- Gliessman, S.R., 2001. Agroecology: Ecological processes in sustainable agriculture. CRC Lewis Publishers, Boca Raton, EEUU.
- Masera, O. y S. López-Ridaura (eds.), 2000. Sustentabilidad y sistemas campesinos. Cinco experiencias de evaluación en el México rural. MundiPrensa-PUMA-GIRA-UNAM, México.
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